Violenta protesta en Paraguay por una sentencia judicial: 50 heridos
Hugo Olazar ASUNCION. ESPECIAL PARA CLARIN
Enfurecidos e indignados, violentos incidentes causaron ayer centenares de sobrevivientes y familiares de las víctimas del incendio de un supermercado que en agosto de 2004 causó más de 400 muertes en la capital paraguaya. Con furia, destruyeron la sede del tribunal que juzgaba a los propietarios y luego asaltaron y saquearon una sucursal del centro de compras tras rebasar el control de la Policía antimotines. Unos 50 heridos es el saldo parcial de los incidentes.
A los gritos de "ni olvido ni perdón", los manifestantes interrumpieron la lectura del veredicto que castigó a Juan Pío Paiva y a Víctor Daniel Paiva (padre e hijo) a cinco años de cárcel por ho micidio culposo, acusados de haber ordenado cerrar las puertas del local para que nadie saliera sin pagar. Los querellantes esperaban escuchar la sentencia por homicidio doloso, que contempla un castigo de 25 años de cárcel.
"!Vendidos. Los jueces se vendieron!", lanzó como grito de guerra Liz Torres, miembro de la coordinadora de víctimas de la tragedia. Presos de la ira, a partir de ahí, casi un centenar de familiares de las víctimas se abalanzaron casi espontáneamente sobre el estrado del improvisado tribunal preparado en un gimnasio para arremeter con sillas, ventiladores de pie y hasta con mesas contra el jurado, cuyo portavoz no terminó de leer la sentencia.
La presidenta del tribunal, Doddy Báez, ordenó protección para los condenados, incluido el jefe de la guardia del súper, Daniel Areco, quienes fueron presurosamente transportados al penal capitalino Tacumbú, fuertemente custodiados, mientras los jueces, fiscales y abogados se ponían a salvo detrás de la Policía.
Cuando todo hacía presumir que retornaba la calma, los furiosos manifestantes proclamaron con rabia que harían justicia por mano propia y se dirigieron, absolutamente fuera de sí, hasta la sucursal del supermercado Ycuá Bolaños, de propiedad de los Paiva, donde, asistidos por vecinos y curiosos, vulneraron a pedradas, bombas molotov y cubiertas encendidas los cordones policiales, de unos 400 efectivos.
Ni los carros hidrantes, gases lacrimógenos, balines de goma, cachiporrazos y enfrentamientos cuerpo a cuerpo pudieron detener a los manifestantes. Munidos de troncos, cascotes, tenazas y cualquier elemento contundente que encontraban, derribaron las puertas de entrada que se habían cerrado herméticamente antes de que llegaran, y con expresiones de triunfo asaltaron y saquearon el local ante la mirada contemplativa de la Policía, completamente rebasada y con decenas de heridos en sus filas, en su mayoría víctimas de pedradas en distintas partes del cuerpo.
"Aténganse a las consecuencias. Esto es inhumano y no va a quedar así. Nosotros haremos justicia", agregó con voz casi histérica, temblorosa y entre sollozos Clara Benítez, una de las afectadas por la tragedia del supermercado.
Los Paiva fueron responsabilizados por la mayoría de los testigos sobrevivientes de cerrar la entrada al centro de compras y el jefe de la guardia, Areco, de haber cumplido estrictamente la orden a través de sus hombres, que amenazaron a la gente con escopeta para que no avanzaran hacia la salida. Luego se cayeron los techos en plena combustión.
La tragedia, considerada como la peor vivida por Paraguay en tiempos de paz, se produjo a raíz de una chispa en la cocina del patio de comidas, que encendió la acumulación de grasa y hollín impregnados en la chimenea.
Como una bomba de hidrógeno, el combustible se apoderó rápidamente del cielo raso de material sintético que virtualmente al explotar dejó petrificadas a decenas de las víctimas, algunas de ellas encontradas en el patio de comidas, carbonizadas cuando se disponían a llevar el tenedor a la boca.
Al menos un centenar de muertos fueron descubiertos encimados camino del subsuelo, cerca del estacionamiento de vehículos. Los guardias habían bajado las rejas y echado cerrojo previamente a la salida, para prevenir robos.
El presidente cuestionó el fallo, pero pidió calma a la población
Un caso que generó conmoción
El domingo 1º de agosto de 2004 más de un millar de personas recorrían el enorme supermercado Ycuá Bolaños, en Asunción, o almorzaban en familia en el patio de comidas cuando se desató un incendio que en pocas horas devoró gran parte del edificio, mató a más de 400 personas y dejó otros tantos heridos. Fue la peor tragedia de este tipo en Paraguay.
Lo que disparó el fuego fue el intenso calor producido en la cocina del patio de comidas, según determinaron los investigadores. Esa cocción generó gases muy calientes, que afectaron las soldaduras de la chimenea y el material aislante del cielo raso, que se desplomó.
El desastre generó conmoción y sobre todo furia en todo el país, porque desde el comienzo, a raíz de las declaraciones de testigos, se supo que la causa principal de la gran cantidad de muertos fue la decisión de los dueños del local de cerrar las puertas para evitar que los clientes se fueran sin pagar. Así, quedaron atrapados y, como ocurrió seis meses más tarde en la discoteca porteña Cromañón, quedaron amontonados contra las puertas al querer escapar y terminaron asfixiados. Cuando los bomberos lograron entrar, encontraron cientos de cuerpos calcinados, de adultos y chicos de todas las edades.
Los dueños del supermercado, Juan Paiva y su hijo Daniel, quedaron en el centro de las acusaciones, aunque negaron haber dado la orden de cerrar las puertas y acusaron a un gerente que falleció en el incendio. Ambos fueron detenidos al día siguiente, mientras una multitud enfurecida amenazaba con lincharlos.
Pocos días más tarde se supo que el hipermercado no tenía autorización para trabajar porque nunca había sido inspeccionado y sus condiciones de seguridad no habían sido verificadas. El intendente de Asunción, Enrique Riera, también fue acusado de complicidad y tildado de corrupto por los familiares de las víctimas, pero las denuncias no llegaron a mayores. Riera sigue en su cargo, hasta que termine su mandato a fin de este mes.